¿Le ha ocurrido alguna vez que se ha sentido tan desalentado que no quiere seguir adelante? Un cansancio tal que, aunque sabe que Dios está con usted, considera que no tiene fuerzas para dar un paso más. Quiere volver atrás.

Si le ha pasado, no es el único.
Millares de personas enfrentan ese mismo desierto.
Permítame ilustrarlo con una situación descrita en la Biblia.
Dios encomendó a Moisés la tarea de conducir su pueblo fuera de Egipto, hasta el país que había prometido darle.
Liberado de la esclavitud, el pueblo atravesó el mar Rojo; ahora el desierto estaba delante de ellos. Experimentaban desaliento e inconformidad.
Eran muy numerosos (600 000 hombres, sin contar las mujeres y los niños), siempre listos para quejarse.
El maná, ese alimento que Dios les enviaba del cielo cada día, ya no los satisfacía, ¡y llegaron a añorar el tiempo en que eran esclavos! En un momento de desaliento Moisés dirigió a Dios palabras amargas, y concluyó diciendo: “Te ruego que me des muerte”.
En la Palabra leemos:
"Dijo Moisés al Señor… has puesto la carga de todo este pueblo sobre mí… te ruego que me des muerte… y que yo no vea mi mal." (Números 11:11, 15 | RV60)
Dios no le hizo ningún reproche; comprendió su tristeza y aligeró su carga designando 70 hombres para ayudarle.
Pero no respondió la petición excesiva de su siervo desanimado.
Había previsto para Moisés un fin mucho mejor.
Llegado el momento, le haría contemplar en su compañía toda la extensión del país prometido desde la cima de una montaña. Luego lo llevaría al cielo, y tendría cuidado de enterrar él mismo su cuerpo (Deuteronomio 34).
¿Nos sentimos como Moisés?
Tenemos la impresión de que ya no podemos hacer frente a la carga de trabajo demasiado pesada, a las dificultades familiares, a los problemas con nuestros hermanos en la fe…
Como Moisés, estamos al límite de nuestras fuerzas. No desmayemos; nuestro Dios “es muy misericordioso y compasivo” (Santiago 5:11), y quiere ayudarnos a llevar las cargas que nos agobian.
Dios nos alienta para avanzar, como anota el profeta:
Te acercaste el día que te invoqué; dijiste: No temas. (Lamentaciones 3:57 | RV 60)
En nuestro amado Padre encontramos fuerzas y podemos seguir dando nuevos pasos.
No podría despedirme sin antes invitarle para que se acoja a la GRACIA de Dios.
La GRACIA es la expresión del amor de Dios que no quiere nuestra perdición y por ese mismo amor, envió a Jesús su Hijo para que ocupara nuestro lugar en la cruz y, allí en el Gólgota, trajo perdón de nuestros pecados y nos aseguró la vida eterna.
La GRACIA divina está disponible para todos nosotros. Para usted, para mí, para todos.
Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.

Fernando Alexis Jiménez es periodista, escritor y mg., en teología. Sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas y desde el 2016, dirige el Instituto Bíblico Ministerial. @RevistaVidaFamiliar
