
Cuando nos encontramos sumidos en preocupaciones, antes que acudir a cualquier método, lo aconsejable es ir a Dios en oración y rendirle esos motivos que nos inquietan.
Por supuesto, el mundo nos ofrece muchas posibilidades, métodos y estrategias, pero nada resulta más eficaz que ir al Padre en procura de ayuda.
Permítame ilustrarlo con una historia real.
En Santa Fe, Nuevo México, miles de personas se reúnen cada año para quemar a Zozobra: un muñeco de quince metros de altura relleno de sus preocupaciones, cuentas y remordimientos.
Gritan: «¡Quémenlo!», con la esperanza de que las llamas devoren sus ansiedades y problemas, y reinicien sus vidas.
El ritual refleja un profundo anhelo humano de ser limpiados del miedo, la vergüenza y el fracaso.
Es dramático, pero inútil.
El fuego puede destruir papel, pero no la culpa; consumir cenizas, pero no la vergüenza.
El apóstol Pablo escribió:
«Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo» (Colosenses 2:8).
Les recordó a sus lectores que no debían cambiar a Jesús por sustitutos vacíos, y explicó la razón: Cristo es la «imagen del Dios invisible» (Colosenses 1:15), supremo sobre la creación (Colosenses 1:16), y victorioso sobre «todo principado y potestad» (Colosenses 1:10).
Gracias a su muerte y resurrección, estamos plenamente vivos y perdonados por Él (Colosenses 1:13).
Cuando tenemos la certeza del amor de Dios, que todos nuestros pecados fueron perdonados, que el pasado de equívocos no nos define y que Dios tiene el control de absolutamente todo, incluso del futuro, entonces la paz interior toma fuerza. Dios nos ayuda a retomar el control.
Los rituales humanos y las ceremonias culturales pueden cautivar a una multitud, pero solo Jesús puede romper el dominio del pecado para siempre.
Entreguemos nuestras cargas solo a Cristo, el único que nos libera de la cautividad y nos llena de esperanza.
No podría despedirme sin antes invitarle para que se acoja a la GRACIA de Dios.
La GRACIA es la expresión del amor de Dios que no quiere nuestra perdición y por ese mismo amor, envió a Jesús su Hijo para que ocupara nuestro lugar en la cruz y, allí en el Gólgota, trajo perdón de nuestros pecados y nos aseguró la vida eterna.
La GRACIA divina está disponible para todos nosotros. Para usted, para mí, para todos.
Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.

Fernando Alexis Jiménez es periodista, escritor y mg., en teología. Sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas y desde el 2016, dirige el Instituto Bíblico Ministerial. @RevistaVidaFamiliar
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