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¿De qué serviría un debate entre Cepeda y De la Espriella?
Un debate a estas alturas no solo carece de sentido práctico, sino que amenaza con convertirse en un espectáculo estéril que nada le aporta a una ciudadanía ya exhausta.

Por: Fernando Alexis Jiménez | Columnista de Opinión
A escasos días de que el país acuda a las urnas para definir el rumbo de los próximos cuatro años en la segunda vuelta presidencial, ha vuelto a tomar fuerza el viejo reclamo de la tribuna: la exigencia de un debate cara a cara entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella.
Quienes insisten en este encuentro lo pintan como el último faro de luz democrática para los indecisos.
Sin embargo, mirado con el lente de la sensatez política, un debate a estas alturas no solo carece de sentido práctico, sino que amenaza con convertirse en un espectáculo estéril que nada le aporta a una ciudadanía ya exhausta.
El primer argumento en contra es la naturaleza misma de las posturas en juego.
No estamos ante dos candidatos que disputen el esquivo y moderado centro político, donde los matices de un programa de gobierno o la viabilidad de una reforma económica puedan inclinar la balanza. Cepeda y De la Espriella representan dos visiones de país diametralmente opuestas, consolidadas e irreconciliables.
Sus cartas están sobre la mesa desde hace meses, sino años.
Quien va a votar por el proyecto de izquierda de Cepeda no va a cambiar su decisión por un desplante retórico en televisión; de igual forma, el fortín electoral de centro-derecha que respalda la "Patria Milagro" de De la Espriella tiene claro su norte ideológico.
A cinco días de abrirse las urnas, las identidades políticas están blindadas.
Un debate en este punto de la campaña no sería un ejercicio de deliberación programática; sería, inevitablemente, un ring de boxeo ideológico diseñado para alimentar el algoritmo de las redes sociales.
En el contexto actual de altísima polarización, encerrar en un mismo set de televisión al líder de la izquierda parlamentaria y al histriónico abogado de la derecha es una invitación al espectáculo de la estridencia, no a la profundidad de las ideas.
El formato del debate televisivo moderno premia la frase lapidaria, el ataque personal y el "meme" del día siguiente.

En lugar de discutir la viabilidad fiscal, la seguridad ciudadana o la transición energética, un encuentro Cepeda-De la Espriella derivaría de inmediato en un juicio de reproches históricos, revanchismos judiciales y etiquetas gastadas.
Un ruido ensordecedor que lejos de aclarar el panorama, incrementaría el abstencionismo o radicalizaría los extremos.
Finalmente, el tiempo de la persuasión racional ya expiró.
La logística de las campañas ya mutó de la pedagogía de las propuestas a la pura movilización y la consolidación de alianzas estratégicas en las regiones.
Los debates son útiles al inicio de la contienda para decantar el ramillete de aspirantes, pero en la antesala del veredicto final, la ciudadanía necesita silencio reflexivo, no más pirotecnia verbal.
Exigir un debate a estas alturas es pedir un espectáculo para saciar el morbo político, no una herramienta para el voto informado.
Colombia ya conoce de sobra lo que ambos representan.
El próximo domingo no se votará por quién maneje mejor el micrófono en un set, sino por cuál de los dos modelos de país queremos que asuma el poder el próximo 7 de agosto.
Dejemos que sean los votos, y no los gritos en directo, los que tomen la palabra.
El 21 de junio, vamos por el Cambio por Cepeda…
Fernando Alexis Jiménez es periodista y publica su Columna “Crónicas de Macondo” en medios impresos y digitales. @CrónicasdeMacondo